Beca IJP: un (inter)cambio de perspectiva, en todos los sentidos

Becarios del IJP 2016 (Natalia Laube en el centro con pullover rojo)  Ampliar imagen Becarios del IJP 2016 (Natalia Laube en el centro con pullover rojo) (© ijp)

Natalia Laube es periodista cultural y entretanto también lleva a cabo el trabajo en Prensa y Relaciones Institucionales en el Goethe-Institut Buenos Aires. En 2016 fue becaria del Programa Internacional de Periodistas "IJP": Aquí relata sus experiencias en el diario Berliner Zeitung en el marco de dicha beca y sus impresiones de Alemania.

Esta es, antes que nada, la historia de un amor por una ciudad. Como les sucede a muchos becarios del Internationales Journalisten Programm (IJP), me resulta difícil comenzar a hablar de esta experiencia transformadora sin mencionar mi fascinación por la capital en la que tuvo lugar. Conocí Berlín cuando tenía 17 años: estaba a punto de terminar el secundario y tenía claro que me gustaba escribir, pero todavía no estaba demasiado segura de anotarme en la carrera de periodismo (había muchas otras opciones que me encantaban), mucho menos sabía que iba a recorrer un camino como periodista cultural. Aquella vez, viajé por unos pocos días con mis amigos del colegio, con los que estaba de intercambio estudiantil en Alemania. Los días de semana asistíamos a clase en el único Gymnasium que tiene Marsberg, un pueblo en la zona del Sauerland, y los fines de semana salíamos de viaje, a buscar aventuras un poco más allá.

Volví doce años más tarde, en 2014, para participar de un curso de alemán en la Freie Universität: cinco semanas de clases intensivas de idioma por la mañana y actividades culturales por la tarde que me ayudaron a entender, mucho más que en aquella primera ocasión, el pulso de la ciudad. El viaje de la IJP —una beca que había anhelado durante muchos años, y para la cual ya me había postulado sin éxito en otra ocasión— fue mi tercera vez en Berlín, pero no podría decir que fue la vencida. Todo lo contrario: lejos de cerrar puertas, abrió infinitas inquietudes personales y profesionales y fortaleció mi interés por Alemania, por su lengua, por su historia.

Si hay algo que distinguió este viaje de los anteriores eso fue, por un lado, el tiempo de permanencia —dos meses pasan volando, pero a la vez son suficientes para forjar cierta cotidianeidad en un lugar que no es el propio— pero también la posibilidad de venir a trabajar, a construir una pequeña rutina periodística, con entrevistas para hacer, artículos que escribir, deadlines que cumplir… todo eso que uno sabe hacer, pero en un contexto totalmente distinto. Todo eso que uno suele hacer, pero inmerso en un medio alemán. 

Uno llega a Alemania despojado de su gente, de sus contactos, de su capital simbólico: pocos saben quién sos, qué cosas hiciste previamente, qué es lo que buscás en Alemania. Casi nadie te conoce, y ese efecto de extrañamiento inquieta, pero también motiva. Lo primero que hay que hacer para empezar a andar es armarse un pequeño camino. Resolver algunas cuestiones básicas con el objetivo de inventarse una rutina —“¿Voy a cenar a la hora alemana o a la hora de siempre? ¿Prefiero sintonizar la radio local o seguiré escuchando las noticias argentinas? ¿Me consigo una bicicleta o prefiero ir al diario en tranvía?”. Hay que ponerse de inmediato a producir experiencias personales y profesionales. Porque, claro, a la casilla de mail laboral siguen llegando invitaciones para cubrir eventos en Buenos Aires, y en cambio es difícil recibir servidas las noticias alemanas sin una cuota extra de proactividad. La experiencia de IJP nos reeduca en el arte de buscar historias sin acudir a los circuitos instalados ni a los jefes de prensa, a hacer periodismo sin intermediarios: a proponer a nuestros editores los temas leídos o escuchados en los medios alemanes o los que se cruzan en el camino por vaya a saber uno qué casualidad. Y a explicar, también, por que deberían interesarle a un argentino. 

La experiencia en el Berliner Zeitung 

Cuando supe que trabajaría en el suplemento cultural de la Berliner Zeitung comencé a indagar en su Web y en su página de Facebook. Hasta este viaje —que, entre otras cosas, también me sirvió para entender de manera mucho más profunda el mapa mediático de Alemania— mi vínculo con la realidad alemana, o con la interpretación que los medios hacen de ella, se establecía principalmente a través de la Deutsche Welle, casi por tradición familiar, y de algunos otros pocos portales de noticias. Pero de la Berliner Zeitung sabía poco y nada. Mentiría si dijese que había leído el diario alguna vez, pero fue cuestión de hojearlo el día del comienzo de la beca para entender que se trataba de un diario hecho a  medida de los Entscheider (tomadores de decisiones) de Berlín. Y fue también cuestión de visitar la Konferenz (reunión) de los editores el primer día para notar que allí el periodismo es una cosa que se toma muy en serio. Escuchar cada mañana la Blattkritik (crítica del diario) en la que los periodistas alemanes, con su habitual manera de decir las cosas —punzante, directa— analizan la edición del día me permitió entender que la única manera que conciben para mejorar es esa: reflexionar sobre el propio oficio y listar siempre las cosas que no salieron del todo bien.

Aufmacher (nota de apertura), Keller (nota inferior), Kolumne (columna de opinión): esta experiencia también me enseñó a incorporar términos propios de mi profesión y a utilizarlos en su contexto más pertinente, una redacción. Claro que aprendí muchas otras palabras, pero menciono estas en particular porque viajar gracias a la propia profesión siempre tiene un gusto distinto al de ser sencillamente turista. Primero, porque permite no sólo poner en perspectiva los usos y costumbres de la propia sociedad sino también revisar los que hacen a la profesión.

Mis anécdotas de periodista

En Buenos Aires, en Berlín o en cualquier parte del mundo, ser periodista es tener una excusa perfecta para tomarse un café, compartir una cerveza o fumarse un cigarrillo con personas a las que de otra manera resulta difícil conocer. Durante mi estadía en Berlín tuve la posibilidad de entrevistar a la argentina Jeanine Meerapfel, actual presidenta de la Academia de las Artes de Alemania y primera mujer en dirigir la institución desde su fundación, hace 320 años. Meerapfel me recibió en su oficina del Pariser Platz, a metros de la Puerta de Brandenburgo y del Reichstag.

También pude pautar una cita con Shermin Langhoff, la brillante coordinadora artística del Teatro Maxim Gorki, que revolucionó la pequeña sala estatal con nuevos temas y un ensamble multicultural, bastante alejado de los clásicos elencos alemanes de acento germano intacto y aspecto caucásico. Admiro su trabajo en el Gorki desde que asumió la dirección hace tres años y, a contramano del lugar común que indica que es mejor no conocer a los ídolos, puedo decir que me despedí de ella aún más encandilada con sus palabras y su visión de la cultura.

Unos días antes de los Festtage que se organizan cada año en la Staatsoper Berlín, una colega de la Berliner Zeitung tenía cita para entrevistar a Daniel Barenboim. Un rato antes de salir me invitó a sumarme: “¿No tenés ganas de venir? Herr Barenboim seguramente se alegre de poder hablar un rato en español”. Efectivamente, el Maestro se puso contento de intercambiar conmigo unas palabras en argentino y terminó invitándome a su concierto con Martha Argerich en la Berliner Philarmonie.

Viajes dentro de viajes

Como si no alcanzara con todas las posibilidades que ofrece Berlín, la beca también nos otorgó la posibilidad de “viajar dentro del viaje” para conocer otras dos ciudades alemanas con un flair muy distinto entre sí: Hamburgo y Dresde. La primera, fundamental en la vida de Alemania occidental durante la división del país, portuaria, moderna, abierta al mundo. La segunda, bastión de la extinta RDA, más conservadora y definitivamente orgullosa de su gran pasado y su belleza clásica. Las actividades planeadas para cada una de las cinco jornadas no sólo fueron enriquecedoras a nivel periodístico (se destaca, sin dudas, la posibilidad de haber podido ver de cerca una movilización de PEGIDA en Dresde) sino que nos permitieron comprender en todas sus dimensiones ese gran lugar común que reza que “Alemania no es Berlín”.

Y nos ayudaron a poder poner en perspectiva, que de eso también se trata esta experiencia: entender Berlín en comparación con otras ciudades alemanas, Alemania en relación con nuestros países e incluso nuestras propias formas de trabajar en relación con la de los demás becarios.

Un intercambio es siempre un ejercicio de humildad: permite salir del microclima en el que estamos inmersos, comprender con la contundencia de los hechos que las cosas se pueden resolver de muchas maneras distintas, que no sólo existen las formas a las que estamos acostumbrados y que en muchos casos, esas formas ni siquiera sirven en un contexto distinto. Ser becario IJP es, en ese sentido, no volver a ser jamás el mismo periodista que se tomó un avión algunos meses antes sin saber muy bien qué se iba a encontrar. Bien entendidas, las experiencias internacionales sólo pueden volvernos más abiertos y receptivos a lo nuevo. Una lección para toda la vida.